¡ Qué bonita es España y cuánto la hemos echado de menos!
CONTINUACIÓN DEL RELATO PUBLICADO EL 24 DE MAYO.
Vuelta a casa, con una, en el fondo, ingenua ilusión, la de levantar el ánimo con el nuevo trabajo, el proyecto laboral con el grupo de teatro popular del momento: La Barraca. Aupada en un puñado de camiones y con un propósito tan noble como arriesgado, el de llevar el teatro clásico español por aquellos pueblos olvidados que nunca habían sentido un verso.
El mes de julio se presentaba doblemente caluroso, pues a las temperaturas típicas de la época se sumaban los ardores del clima político que se vivía y palpaba en las calles, se sentenciaba en el Parlamento y se ejecutaba en cualquier sitio. Todo había llegado a un extremo de violencia tal que igual daba la vida de unos o de todos. Cualquier señal, el mínimo ademán de oposición de ideas daba pie a un enfrentamiento acompañado de amenazas, tiroteos y sangre. Con nombre o sin ella, pero siempre sangre. Julio arde y España se marcha de vacaciones inciertas. Al final no sabemos qué será peor, salimos de Europa por miedo a la violencia y esto es lo que nos encontramos. Esta es nuestra casa, pero, tal y como están las cosas, no hay nada claro. El ejército está descontento, los rumores son el pan nuestro de cada día y dicen que hay mucho ruido de sables en los cuartos de banderas de los cuarteles en Canarias, Marruecos, Navarra...Los partidos políticos se enseñan los dientes mutuamente y nadie se fía de nadie. y nosotros, recién llegados, estamos a verlas venir porque no nos esperábamos esto. Hace mucho calor y nos vamos de gira por los pueblos, pero no sabemos qué pasará. Ya casi nos habíamos olvidado de este calor sofocante de la meseta, pero, a lo hecho, pecho. Vamos a tomarlo lo mejor que podamos y a trabajar en esta nueva experiencia. Tenemos que afiliarnos al sindicato del Espectáculo, nos darán un mono de obrero, recorreremos el país y seguro que nos irá bien.
Y, entretanto, mientras preparaban partituras, guiones y figurines, se iban dando cuenta de que algo fallaba, de que la España que dejaron con pena a principio de los años 30 ya era otra muy diferente: la gente estaba crispada, se miraba de reojo. El pueblo español, siempre herido de alguna forma, siempre al borde del abismo, llevaba a sus espaldas muchas vueltas de tuerca con monarquías dictaduras y repúblicas, gobiernos de todo signo que parecían siempre el último y mejor salvavidas. Pero esta vez, el tornillo no daba más vueltas y las tuercas se habían tensado hasta decir basta. Se respiraba el ensayo de la gran tragedia y nuestros artistas, como el resto de los españoles iban a ser testigos en pleno escenario.
Y sucedió lo que tenía que suceder porque, la piel de toro, baqueteada y maltrecha, quería decir algo en voz alta. Una voz más alta que otras, y otras más altas que una. Y nuestros artistas ya estaban en la rueda de la sangre, aún sin saberlo. Estrenamos el sábado 18, el teatro está muy cerca del Cuartel de la Montaña y en sus alrededores hay verbenas y aguaduchos de horchata y limoná. Lo pasaremos bien. El debut va a ser la bomba. En la calle de Ferraz hay muchos puestos de flores, con mucho ambiente. Fuenteovejuna gusta mucho y en estos momentos es un tema muy representativo.
Y bien que fue la bomba. Parecían palabras proféticas. Y, partir de ahí, el triunfo y los aplausos, tan sonoros como el ruido de las balas, los cañones y las ametralladoras. La guerra entre españoles ya era un hecho. El ejercito se había sublevado contra el gobierno de la República, y enseguida se formaron los dos bandos en lucha. La cosa no podía ser peor, la violencia de meses atrás era ahora una realidad terrible. Todos luchaban por lo que consideraban justo, mientras el mundo se hundía bajo los pies de millones de personas. El grupo seguía el curso de la ruta marcada para la compañía, pero cada vez era más arriesgado. Los caminos se volvieron intransitables y más que un grupo de artistas, parecían náufragos de lujo pues de momento comían, trabajaban y estaban un poco alejados del peligro real. Aunque esto fuera una ilusión, ya que el peligro estaba en todas partes
Javier Linaza, el pintor, malagueño y exquisito, ya iba echando de menos Montmartre, a la par que deseaba acercarse a su tierra, y bañarse en el mar más luminoso del mundo. Tanto ir y venir por tierras secas le tenía triste y nervioso, porque, en medio de aquella guerra, ya no habría muchas ocasiones de ejercer su arte, cuatro figurines para el teatro y poco más podía permitirse. Lo más cerca que estuvo de una obra de arte pictórico fue en la evacuación del Museo del Prado. Ayudó a embalar a sus adoradas Meninas, que cada vez le parecían más poderosas y enigmáticas.
Avanzaban penosamente por caminos polvorientos un tanto apartados de la primera línea de fuego, y así aprendieron una geografía que cambiaba constantemente según el curso de la guerra. Un pueblo, otro y otro, en los que los recibían con la alegría natural del que espera una golosina, un momento de diversión...que se esfumaba al momento, como una pompa de jabón.
Alberto y Elena, pareja cosmopolita acostumbrada a otros ambientes artísticos e intelectuales, se encontraban fuera de sitio. De haber trabajado con Von Stenberg y Marlene Dietrich a transitar caminos y alternar programa con cómicos como Carmela y Paulino, y su espectáculo itinerante Variedades a lo fino. Ellos también añoraban su Tánger natal, la ciudad internacional en la que todo era posible. Sus paisajes policromados se fundían en un espectáculo de bullicio de gente de mil y una procedencias que vivían libres y, de momento, fuera de peligro. Pero ellos no estaban allí porque seguían atrapados en la tierra parda en la que se sentían un poco extranjeros. Demasiado quizás.
Rafael Nogales, el músico de Valencia, parecía no añorar demasiado su tierra por el constante olor a pólvora que apestaba el aire, pero también deseaba torcer el mapa y volver, volver a una ciudad donde la alegría y las fiestas eran el santo y seña de sus gentes. Como buen valenciano, llevaba la música en sus genes y el afán de seguir componiendo le hacía resistir a todas las tragedias de aquella guerra, que en sí ya era la tragedia con mayúsculas. Pero no eran buenos tiempos para las sinfonías. Por todas partes se oían las canciones del momento: Échale guindas al pavo, cantada por Imperio Argentina y Miguel Ligero, y Mi jaca, en la voz de Estrellita Castro. Nada que ver con el estreno de una obra de campanillas en el Real, pero no había más que hacer, sólo esperar entre el silbido de los Pacos y los aullidos de las sirenas que avisaban de los bombardeos.
Y así como pasaron los años en la atrayente, prometedora y convulsa Europa de principios de la década, igualmente fueron pasando los años en los que la pellejo de España se vio cosido a puñaladas. Por unos y por otros y quizás por ninguno. Nuestro grupo fue recorriendo la España ya herida de muerte sin llegar nunca a sus lugares de origen, pero viendo y comprobando con horror la crueldad a la que puede llegar el ser humano, en nombre de no sabían bien qué principios o en nombre de qué dioses divinos o terrenales. Durante su periplo de ir y venir con los camiones y los bártulos de escena, se cruzaron con Hemingway y con Orwell, y vieron como Robert Capa inmortalizaba la muerte en el campo cordobés, pero también se cruzaron con grupos de gente anónima que huía de su propio destino. Hambrientos y asustados. Con el miedo en el alma y la incertidumbre del que se sabe al borde de un abismo negro y sin salida.
Todo era una locura, el delirio colectivo de un pueblo cansado de sufrir ya conoció sus límites, y tocó marchar. Ya no habría más representaciones. El pueblo necesitaba pan, no versos.
Hay que irse, estamos en febrero del 39 y el mapa se está decantando ya por un bando definido. Se lucha en todas partes, más encarnizadamente aún que al principio, pero lo que está claro es que tenemos que marcharnos. El haber trabajado con las Misiones Pedagógicas ya nos señala a todos. Hemos dejado muchos muertos por el camino, desde una cuneta del campo granadino a los lugares más insospechados, cercanos y lejanos. Dicen que en un par de meses todo estará liquidado. Podríamos salir por Valencia, están saliendo algunos barcos, que puede que sean los últimos. Si esperamos más, el ejército rebelde tomará la zona fronteriza con Francia y nos será mucho más difícil escapar de este baño de sangre. Nosotros, por suerte, seguimos vivos y juntos. Así que no lo pensemos más, vámonos. Vámonos de aquí. En algún lugar del mundo nos querrán. Vamos, vamos. Nada puede ser peor.
CONTINUARÁ...
CONSTANCIA DE LOS DÍAS: la Costa del Sol está que arde, dos tiroteos en dos semanas. Se impone la puesta en marcha de un plan urgente de seguridad o ampliar los ya existentes o esto se va de las manos. De las manos que aprietan el gatillo.
La gente se casa y celebra y también festeja los años cumplidos en eso del matrimonio. Felicidades a los recientes y a los que renuevan su propósito de unión a través de los años.
Triste época, Barbarita, pero nada como la esperanza en cualquier momento y lugar. Me sigue encantado leerte.
ResponderEliminarEstupendo relato. Esperando el siguiente capítulo. Pilona
ResponderEliminarCada vez se pone más interesante! Mis felicitaciones Barbarita, de verdad que me encantaría ver éstos textos en una novela con detalles más extensos. Atrapa la atención con creces.
ResponderEliminar🙌👌👏👏👏😍
De Alejandrina con mi máxima admiración por tu trabajo.
🫂❤️
Relato muy muy interesante, y descriocion
ResponderEliminarMani,relato muy muy interesante, y descripcion exacta de lo que eran España y Europa en los años 30, y de cuanto se echa de menos la tierra cuando hay que emigrar
ResponderEliminarQue interesante .. esperando la próxima entrega .
ResponderEliminar( Marinés ) ¿ porque saldré en anónimo ? 🙄
Estupendo relato,malos tiempos para todos, un besito Amiga
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