Entre todas las peripecias que ocurrieron a los integrantes de nuestra fauna diversa, los que salieron de España en los convulsos y amenazadores años 30 del pasado siglo, los que se vieron obligados a huir, una y otra vez, de un peligro malo a otro peor: del temor ante la presencia de los ismos políticos, con sus consiguientes terrores. Los que vivieron nuevas guerras, las propias y las de los otros. Los que lo perdieron todo hasta encontrar la estabilidad lejos, otra vez, de su tierra propia para acabar, como en la copla, en tierra extraña.
Estos artistas sin suerte que, al final pudieron tocar la gloria con la punta de los dedos, ya no eran unos emigrantes anónimos, porque, y por una vez, pertenecían a un grupo concreto e identificado con su trabajo. Su quehacer, su arte. Para aspirar a ser recordados.
Este grupo, como ya dijimos en anteriores entregas se denominó Los Trasterrados, aquellos que, como ellos mismos, tuvieron que salir de España para continuar en otro lugar.
Para llegar al mundo. En Méjico, el mejor ejemplo de acogida de aquellos años de continuos terremotos políticos y sociales. Para sobrevivir, arrimándose, algunos, a la cultura, el arte, la enseñanza actuación y, la cifra mayor, a los trabajos más diversos: el campo, la industria, el comercio.
Y, en el lado negativo, los que nunca se adaptaron, llegando a la destrucción y el olvido.
Los que no pudieron sobrevivir a causa de miles de causas y dolores. De desarraigo y de abandono. Los que no consiguieron sobrevivir y quedaron en la nada del no ser nada en la tierra ajena.
Y, en medio de los miles de integrantes de la masa anónima, con nuestros protagonistas inventados, se encuentran los otros Trasterrados, los auténticos, con nombres y apellidos que aún viven en la memoria de una historia de triunfo en la literatura, el estudio y las artes escénicas, como expresión de un talento que trascendió el mar.
A poco que escarbemos en la historia del Cine de Oro del país azteca, nos encontramos con una auténtica lección de vida de nuestros actores, directores y escritores que realmente vivieron y trabajaron en aquella época.
Todos pusieron la nota española en sus actuaciones y todos marcaron un hito en la cultura de la nueva tierra.
Y ahora, que ya terminamos el relato del ensayo de las vidas de nuestros artistas de ficción, es de rigor recordar a los que brillaron en los escenarios, las carteleras de cine, las universidades y los colegios. Porque es de ley rendir homenaje.
Luis Buñuel. Aragonés. No sabemos si llegó el primero, pero sí que fue el primero de la lista de españoles transterrados en Méjico.
Alumno ilustre de la Institución libre de enseñanza, y tras sus primeros trabajos en Francia, con sus producciones L'age d'or, y Un chien andalou, realizaría en España Tierra sin pan, monumental y sobrecogedor retrato de la comarca extremeña de Las Hurdes.
Tras la guerra civil, nuestro director más universal llega a Méjico después de haber revolucionado el cine y la cultura de Francia con sus trabajos de neto corte surrealista, para hacerse con un lugar muy destacado entre los mejores directores. Si no el mejor.
Títulos de sus primeros años, como El gran calavera, La ilusión viaja en tranvía y Susana, carne y demonio, se codearon con los éxitos arrolladores de Los olvidados, Él, Nazarín, Viridiana, con Silvia Pinal, y El ángel exterminador, entre otros, como Belle de jour , El discreto encanto de la burguesía o, Ese oscuro objeto de deseo, en su segunda etapa francesa. Aunque su casa, y la mitad de su corazón quedaron en el país que le acogió y que le considera un maestro propio.
Consuelo Guerrero de Luna. Nacida en Madrid como Consuelo Texido, salió de España tras la guerra civil. En Méjico realizó gran parte de su carrera artística con diversas producciones, tanto en cine, Soledad, con Libertad Lamarque, En la palma de tu mano, con Arturo de Córdova, o La liga de las muchachas. Asimismo, Guerrero también llegó a trabajar en televisión, en las famosas telenovelas como Murallas humanas.
José María Linares Rivas. También madrileño, Rivas fue uno de los actores más elegantes de su época. Trabajó en Cuba y diversos países sudamericanos hasta llegar a Méjico. Allí filmaría cintas tan exitosas como Lodo y armiño, con su compatriota Armando Calvo y Ensayo de un crimen, de Luis Buñuel y con la bellísima Miroslava Stern.
Emilia Guiu. Esta catalana, llegada a Méjico por el puerto de Veracruz, realizó filmes de actriz de carácter y también de rubia femme fatale. Tuvo un gran éxito en sus actuaciones en Cárcel de mujeres, junto a Sara Montiel y XXXXX con el santanderino Emilio Tuero.
No olvidamos tampoco a las figuras de José Baviera, El derecho de nacer, Florencio Castelló, la inolvidable voz española del gato Jinks, de Hanna Barbera, Carlos Martínez Baena, Julio Villarreal, Eugenia Grandet, y un largo, larguísimo ectcétera, una interminable nómina de actores, actrices, pintores, compositores e integrantes del mundo académico: León Felipe, José Gaos, Pedro Garfias, que dieron brillo a la cultura del país de acogida.
El número es aún más largo y, como citábamos anteriormente, no todas las vidas fueron exitosas.
Cabe recordar a las miles de personas anónimas que, como dicen allí, la pasaron como pudieron. Sin destacar en nada destacable, sólo viviendo unas vidas prestadas que, a juicio del filósofo gijonés José Gaos, no eran exiliados del todo, no fueron desterrados por completo porque siempre tuvieron o, pretendieron, tener contacto con España. Una patria a la que ya ni conocían ni entendían.
A pesar de eso, a pesar de todo.
Cerramos el círculo, en el que hemos situado a las criaturas de la fauna diversa y a los auténticos protagonistas de esta historia de destierro, aventuras, ilusiones y encuentros. Unos fallidos, otros mejores. Con la realidad que les tocó vivir.
Ninguno dejó de sentir frío.
No muy tarde los visitaremos en sus nuevas vidas. La Navidad será muy buena ocasión.
CONSTANCIA DE LOS DÍAS: Por la publicación del artículo sobre el cine Cervantes de Ceuta en el diario El Faro, el miércoles 22 de octubre.
- Se abrieron las ventanas. Las Ventanas de papel. Y el papel se hizo un barquito, y el barquito cruzó el mar y llegó a la tierra propia, alumbrado por un Faro de letras.