Parece mentira el poder que las campañas publicitarias pueden tener efecto en el ser humano. Tanto que, a veces, parece que nuestras vidas estén dominadas por las sugerencias, órdenes y directrices, más o menos veladas o explícitas, que recibimos a través de los medios que nos mueven como marionetas y que a veces, nos dominan hasta el extremo de hacernos confundir lo soñado de lo real.
Llegamos a casa, tras una ausencia de 32 años, para reencontrarnos con nuestro pasado y, a la vez, enfrentar un nuevo presente. Todo nuevo, sospechosamente nuevo, colorido y brillante. Demasiado atrayente para ser normal, pero sin signos de alarma, por el momento.
Al entrar en la que fuera nuestra casa en otro tiempo y, que tuvimos la suerte de recuperar, ya comencé a recibir señales. El edificio, de principios del siglo XX, señorial y sin ascensor, contaba con una coqueta escalera de mármol que brillaba por su ausencia. Pero nadie se daba cuenta. Sólo yo lo advertía, aunque, también pude subir al tercer piso como los demás. Raro. Raro, pero cierto, porque estaba pasando.
Una vez en casa, mi sorpresa fue mayúscula al no reconocer nada: todo estaba igual pero a la vez, todo era diferente. En una especie de caos ordenado se sucedían habitaciones llenas de cachivaches de muchos colores. Siempre colores chillones y amenazantes, que advertían algo y que avisaban de una nueva sorpresa en las sucesivas estancias. Pero nadie se daba cuenta. Nadie lo notaba excepto yo. Una asombrada Barbarita que comenzó a oír pequeños chillidos agudos que crecían por momentos. Mientras la familia empezaba distribuirse por la casa reencontrada, yo no salía de mi desconcierto, a la vez que buscaba el origen de los chillidos. De momento, nada. Lo cual hacía crecer mi inquietud. Hasta que los encontré, increíblemente dentro del frigorífico. Ahí estaban los sujetos: bolas rojas con piernas pequeñas y cara sonriente. Como unas famosas golosinas que hablaban e invitaban a salir a la calle para comprobar que el exterior estaba plagado de ellos: en las vallas publicitarias y carteles, en los bares y en las tiendas...entre la gente. Pero nadie se daba cuenta de nada porque nadie los veía. Sólo yo.
La gente interactuaba como siempre. Salí a comprar con mi amiga R. y nada. Luego, a tomar café con mi amiga L. y tampoco pasaba nada. Nadie veía nada porque ya todos estaban bajo la influencia de las esferas con patas y su mensaje de consumir y más consumir. Las aceras y escaleras de plazas y avenidas resultaban impracticables, atestadas de toda clase de elementos para comprar y ser feliz. Así, automóviles, aspiradoras, perfumes de marca, aguas llenas de gas y cigarrillos de boquillas de color pululaban al alcance de todos. Era el sumun del logro de lo guay porque eran poseedores de todo lo que se podía comprar. En las calles, cajas de pescado muerto, inservible. Como relojes blandos con escamas, amenazantes y premonitorios, sin color. Porque el resto de la ciudad, el resto del mundo estaba lleno de color y de brillo para atraer a la compra. Y de esta forma se realizaba el acto de compra inconsciente. Y de esa forma se conseguía un mundo feliz. Pero nadie sabía nada. Nadie se daba cuenta, porque nadie los veía. Sólo yo. Sólo una asombrada Barbarita que se había quedado más sola que la una mientras la gente compraba y era feliz. Y no era un cuento de Cortázar, más quisiera yo...
Y juro que lo vi. Que fui testigo de todo ese marasmo de cambios, ausencias, chillidos, colores y pescados tristes. Como un baratillo de lo imposible, donde todo se vendía y todo se compraba.
¡Lo que hace un atracón de torrijas¡
Qué imaginación, Barbarita
ResponderEliminarDesbordante. Muchas gracias por comentar.
Eliminar🎶🎶 Barbarita se llama mi amor...🎶🎶
ResponderEliminarGracias por el comentario y la canción.
EliminarMejor las torrijas que la absenta ☺️👏👏👏
ResponderEliminarLa absenta produjo grandes obras. Gracias por comentar.
EliminarMenuda vision extraterrestre y simpática!!!!😘😘😘😘
ResponderEliminarMuchas gracias.
EliminarQue bien escribes❤️
ResponderEliminarMe ha encantado este sueño, pesadilla o visiòn delirante de Barbarita.
ResponderEliminarNo me dejas de sorprender
ResponderEliminarSoy como Barbarita, desde el principio del relato he oído y visto todo lo descrito. Verdaderamente genial Marieta.
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