| Concentración absoluta. |
Un tablero, 64 casillas, dos jugadores. Un enigma. Una historia.
Después de época de zozobras y tras la tormentas que agitan el corazón hasta el extremo, busco la reflexión y la calma para dar tregua al runrún del pensamiento que ha vuelto el ánima del revés. Quiero establecer un nuevo tempo, una pausa, y un descanso.
Un espacio para respirar, pensar, meditar y reflexionar que voy a situar ante un tablero de ajedrez. Un juego tan antiguo como enigmático. Un juego que, tal vez ni siquiera lo sea y que, tal vez, entrañe otro misterio, un arcano insondable que conecta indefectiblemente con otro juego que jugamos todos, ganemos o perdamos. Con intuición e inteligencia. Con suerte o con infortunio, y, que no es más que ese algo que llamamos vida, que vivimos con la misma pasión que movemos las piezas de nuestro particular tablero de este juego inteligente que en muchos aspectos se confunde con la misma existencia. Ajedrez y vida.
Y no crean que voy a desarrollar un tratado filosófico de los posibles paralelismos entre lo que se vive en la carne del cuerpo y el movimiento propio de una partida cualquiera. Pero sí reflexionar un poco, a mí aire, para exorcizar lo que no se va ni a empujones. Ni quemando romero.
Estoy frente a mi particular tablero. Qué hago? Tengo asuntos pendientes. Cómo me muevo sin hacerme daño?
De natural impulsivo, mi carácter, que no escarmienta jamás en la gestión de la partida, debe aprender a planificar la jugada desde el principio. Juego. Apertura. Movimiento de piezas. - - Gestiona, piensa, calcula.
Para conseguir una partida exitosa hay que practicar la paciencia (me cuesta) y la resiliencia (no tengo ni idea de qué es con lo de moda que está) y así, y con todas las armas en la mano comienza la maravillosa ceremonia del despliegue. Armonioso, caótico, atropellado o mal calculado, el simple juego puede tornarse peligroso.
No veo la cara del otro. No me interesa. Juego y muevo, a ciegas. Así no se puede. Voy perdiendo piezas. Lo sé, y no me importa. ¡Qué más da!. Mi relación con el tablero es de mala voluntad. No son buenos tiempos. El reloj me supera, las piezas me vuelven la espalda. Para qué jugar si el final es perder. No importa cómo prepares la jugada. El jaque mate te espera. No te hagas ilusiones.
Mal asunto este si el enfoque sigue tan lúgubre, pesimista y falto de esperanza. Un esfuerzo, vamos. Porque, señores, aunque las piezas de esta partida pinten llenas de angustia y tristeza, en realidad no son así siempre. Porque existen las buenas partidas y las grandes jugadas donde se pone de manifiesto la cara que hoy se me niega. La que no consigo ver.
Trato de espantar las telarañas del tablero, los malos pensamientos sobre la perdida de piezas y busco, pienso. Todo no puede ser tan catastrófico. Las piezas no son tan malévolas, no siempre se van a reír de mi juego ni todo va a ser siempre un continuo perder. A golpes de eliminación de una y otra pieza. Quiero pensar que no, que el resultado también es positivo porque, aún perdiendo, y ahí reside la principal enseñanza, el ajedrez también tiende la mano...y te hace fuerte, derriba murallas y se hace faro de resistencia contra los malos vientos y las jugadas nefastas.
Leo, reflexiono e intento reconciliarme con el juego que ahora me es hostil. Pero tengo que seguir. Si quiero intentar ganar, de alguna manera he de aprovechar las ventajas que encierra una práctica que me asegura un final, si no siempre exitoso, sí que me reconcilie conmigo misma y mis demonios.
Y, como Harvard queda un poco lejos, y aunque sus tesis acerca de las bondades del ajedrez son espléndidas y acreditadas, yo, en puro acto de coraje y humildad contra tanto pesimismo, me voy a quedar con una lección recientemente aprendida: simple y llana. Fresca y llena de verdad e ilusión. La de Pedro Fernández Roldán, ajedrecista ceutí de 9 años que hace de este juego milenario una bandera para aprender, ganar, aprender a perder, pensar, superarse y ser mejor.
El cuento es sencillo. Pedro, que, a su corta edad ya cuenta con un buen número de trofeos, premios y medallas, aprendió en Infantil, de la mano de su seño Mari Ángeles, y de ahí al Campeonato de España, su reto más difícil. Sin olvidar su éxito de Plasenzuela, Cáceres, la tierra de su padre, donde triunfó. Que no hay ruedo pequeño para nuestro campeón.
Pedro Fernández, aunque joven y con todo el camino por delante, tiene ya muy claro eso del ajedrez y la vida. Le gusta el ajedrez por el mero hecho de jugar, y porque le ayuda a pensar, a controlarse y a medir sus fuerzas. ¡Cualquier cosa en un niño tan pequeño!
Pero el artista no para en el mero juego y, ahí está la lección. La inmensa enseñanza que me ha reconciliado con el concepto ajedrez- vida, con las malas partidas, las agitaciones del corazón y la rabia y el coraje ante el mate, feroz e irreversible que me hizo pensar en romper el tablero.
- Quiero seguir jugando, aunque pierda. Porque, cuando pierdo, también mejoro.
¡GRACIAS, CAMPEÓN, FELIZ DÍA MUNDIAL DEL AJEDREZ!









