BERLIN, 1930.
Serrr judía no te va a beneficiarrrrr nada en estos tiempos. Tú erres extranjera aquí, pero eso no te a salvarrr del peligro. Pero bueno, de momento, sigue con tu trrabajo en el guión de la película y ten cuidado. Tú y tu marido.
Así hablaba, Marlene Dietrich, con el acento gutural y seco de los teutones, a la joven tangerina que, junto a su marido y sus amigos artistas de nuestra fauna diversa, habían dejado atrás las mieles del pasado dorado para aterrizar en una Alemania que se preparaba para el horror nunca antes visto.
EL trrrabajo, el guión de la película, El ángel azul. La guionista, Elena Amselem, del equipo de Carl Zuckmayer. Nuestra escritora fuera de sitio pero decidida a triunfar.
TÁNGER, TIEMPO ATRÁS
Desde luego, así nunca encontrarás novio para casarte. Qué bruta eres Camila, siempre trotando por todos lados como un muchacho. Nunca paras quieta, juegas a la pelota mejor que todos los niños del patio, no te arreglas , tienes ese pelo colorado sin arreglar, no sales con las niñas de tu edad, ni siquiera vas a las clases de la Sinagoga de Assayag, ni quieres aprender a cocinar.
A tu edad ya sabía yo arreglar una adafina para el Shabbat y ya me estaban buscando novio. Un buen chico judío de Kenitra que me gustaba mucho. Trabajaba con los americanos y a tus abuelos les gustó desde el principio. También estaba Meir, de Tetuán, también buen chico y guapo, aunque un poco espabilado: le gustaban todas, y eso, a tu abuelo Jacob, no le hacía gracia.
En fin, que yo me arreglaba y salía por el barrio, ayudaba a mi madre en la casa y me preparaba para casarme algún día. Pero tú, hija mía, como sigas así, todo el día jugando a la pelota y leyendo un libro tras otro, te vas a quedar soltera y nadie te va a pedir.
Desde luego, mamá, mira que te tengo dicho que no me llames Camila, que me gusta más Elena y que a mí me gusta como soy. Y, si no me sale novio ni me piden, pues mejor. No todas las muchachas tienen que casarse por obligación. Yo soy muy feliz jugando en la calle y leyendo y escribiendo mis cuentos, en el que no hay princesas encantadas, sino gente de verdad. Así que, no me riñas tanto, que por mucho que quieras, ni le voy a hacer caso al primo Moís, el de la tienda, ni a Samuel, el maestro.
Ya veré yo qué hago con mi vida.
Esta conversación, nada usual en unos tiempos en los que las mujeres estaban destinadas a casarse, ser buenas amas de casa y tener muchos hijos, fueran de la religión o clase social que fuesen, podría parecer un tanto surrealista o fuera de situación. Pero no.
Camila, perdón, Elena Amselem, no tenía nada que ver con el ejemplo de mujer de su época.
La niña más niño de El patio del inglés, un microcosmos compuesto por andaluces emigrados, tangerinos europeos de primera generación, judíos de Marruecos de toda la vida, y algún que otro ejemplar de ser humano sin filiación conocida, formaban un mapa humano de gentes de todas clases, religiones y jechuras. El mundo dentro del mundo.
Casi una treintena de familias agrupadas en torno a una fuente de agua común para todos, casas pequeñas habitadas por la ilusión de un mundo mejor.
Eran malos tiempos, había que trabajar para criar a muchos hijos, pero, a pesar de todo, la vida era relativamente fácil para todos porque había alegría. Unión y alegría.
No todo el mundo puede vivir en la calle San Francisco y frente a la catedral. Si hasta tenemos un seminario enfrente. Pero vamos, que de aquí no va a salir ninguno para cantar misa. Aquí se vive y se trabaja, pero de misas, poco. Decía Catalina, la de Estepona, casada con el mejor ebanista del barrio y madre de una manta de chiquillos que la traían de cabeza. Todos acostumbrados al trabajo duro y a echarle valor a la vida.
Aventureros, cazadores, buenos comedores y bebedores. Mujeres valientes y emprendedoras.
Y, sobre todo, amables y gentiles. Todos muy gentiles en el Tánger de la felicidad.
MADRID, LA META DEL PRIMER CAMINO.
Quién me iba a decir que mi vida iba a cambiar tanto. Y que iba a pasar tanto frío. Todo en mi vida ha sido una sorpresa, un cambio tras otro. De la niña rebelde de El patio del inglés, la que no se quería casar porque sí, a ser la mujer de Alberto Pinto, el chico más guapo del Boulevard Pasteur y de la Sinagona de Nahón.
Todas las niñas andaban locas por él y, al final, se fijó en mí, la más pobre y la más salvaje. Nos enamoramos y nos casamos. Parecemos dos almas gemelas. Juntos salimos de Tánger para escribir y triunfar, y juntos seguimos por todos los caminos que D nos pone por delante.
Y, Al igual que a Alberto, la vida en Madrid me pareció increíble, nueva y hasta emocionante, comparado con nuestro paraíso de palmeras y vientos.
La dulce ciudad de nuestra infancia se nos quedó pequeña, porque ya pensábamos en los aires nuevos que soplaban por Europa. Pero allí no tuvimos demasiada suerte y marchamos a por rumbos distintos. Nuestros estudios y nuestro amor por la literatura nos sirvieron para abrir algunas puertas, pero no las suficientes. Conocimos a nuestros amigos en el Café de Pombo, parecido al nuestro de París, en la Plaza de Francia, pero con un aire menos cosmopolita.
Té hirviendo con hierbabuena y mucha azúcar por café con leche caliente y un vaso de agua. Mucha charla y poco condumio.
Y nos marchamos. Y, en Alemania fue peor, a pesar de El ángel azul y de los deslumbrantes movimientos culturales. De la libertad y de lo nuevo. De lo que se desvaneció en un mar de sangre y que continuó en nuestro siguiente destino, y de ahí a huir otra vez. Marchar para buscar. Partir sin encontrar.
Nos pusimos de acuerdo. Los artistas que tanto esperamos de la Europa de las grandes promesas, recalamos en otro puerto, y otro más.
Una vez más, la huida nos lleva al mar. Este barco, desde donde voy desgranando recuerdos mirando al futuro, se llama Sinaia, tiene nombre de promesa y creo que nos llevará a América.
Ya no sabemos ni qué pensar ni qué esperar, pero nuestra obligación es seguir.
Como dicen los amigos nada puede ser peor.
CONSTANCIA DE LOS DÍAS: a seguir pasando calor.
Pasó la Virgen de agosto y todo sigue igual en cuanto a temperaturas propias y ajenas, las habituales del verano y las provocadas por los incendios. Que todo suma.
Vuelven las plagas de medusas, aguavivas en mi tierra, a molestar al personal. Pero todo forma parte del pack estival y hay que tomarlo como algunos toman la vida. Como viene. Como decía la canción de Los Surfs, allá por los 60 del siglo pasado.
Echo de menos los balones de Nivea.
Pero eso seguirá en otra página de los sábados de Barbarita: la de los otros veranos.
Eso sí que era expectación: escuchar el helicóptero y ver cómo lanzaban los balones de Nivea. Yo tendría unos nueve años, deseando que no se acabaran nunca y que uno cayera cerca para poder cogerlo. Nunca llegué a atrapar ninguno, pero no recuerdo frustración, sino pura emoción.
ResponderEliminarUn relato emocionante
ResponderEliminarMe encanta el personaje, Elena como feminista, los logros que hoy en día disfrutamos a esa generación les costaba ser la comidilla de todo el barrio. Estoy muy intrigada y espero verla triunfar como guionista de cine. Me ha gustado mucho como has descrito el “Patio Inglés” como un mundo dentro del planeta, ajeno a los males que se avecinaban en el exterior. Como siempre un relato perfecto. Tu Alejandrina (siempre fiel a tus escritos) te manda un gran abrazo.
ResponderEliminar🫂 😘
¡Otro sábado enganchada a tus historias! Vivencias, sentimientos; esos lugares tan bien descritos...
ResponderEliminarY lo de los balones de Nivea al final... Es que eres lo que no hay. Me ha encantado, cómo siempre :)
Que bonito ❤️ es leerte y que recuerdo me has recordado el momento " Nivea." Un día de dominguero con la familia, mirando atrás quedan sus recuerdos...
ResponderEliminarQue linda Barbarita 😘
Encantadora tu descripción de aquel Tánger ya desaparecido, debió ser muy parecido a como lo dibujas, el mundo dentro del mundo, pero desgraciadamente, un mundo que tenía los días contados.
ResponderEliminarEstupendo, Barbarita, por un tiempo que fue.
ResponderEliminarPilona
Guay el relato !! Como me gustaría volver a tener un balón azul de Nivea ! Venga Bsrbarita , esperamos tu próximo relato . ( ( Marinés )
ResponderEliminarComo siempre tus escritos nos hacen volar hasta el lugar☺️ que por cierto, nunca conseguí tener el balón de Nivea 😞 pero para mitigar la pena, mis padres me compraron uno, de color rojo-verde y blanco, sería la bandera italiana?🤔🤔😂😉 Que contenta estaba yo con mi balón inchable 💃💃💃 que por cierto, ahora los niños no tienen o que pasa?
ResponderEliminarHasta tu próximo relato, querida amiga. Como siempre un abrazo desde BCN 😘😘😘
Barbarita posee el optimismo de lo perdido,y parece amar el.mito de Tanger,aunque para las extremas realidades de la,Historia,El Angel Azul,es otra de las expresiones,de Weimar nacida muerta. Al mirar atrás fuimos todos- o algunos e insuficientes- " ciudadanos de Alejandria" : entusiasmados por L.Durrel.Con las cargas del tiempo mutamos: ciudadanos de Atenas o De Jerusalen.¿ Tanger? Para gente impropia como yo,empezó el 14 de junio de 1940.En 1945 las obligaciones académicas pararon.Seis años de consultas y búsquedas sobre el Protectorado Español.Es triste que tantos españoles nacidos ,antes de 1956 ,hayan perdido la patria de los días amables y,por ahora aquellos territorios estén desfigurado,pese a ser amados.Barbarita debe seguir reflexionando- escribir es otra cosa más facil- y contarnos las rutas que marcaron nuestras vidas.
ResponderEliminar! Cielos! Anónimo. Identifíquese a Antonio Nadal.
ResponderEliminarDeseando saber que fue de Elena si termino en Venezuela Canadá o Jerusalén eran donde todos querían ir donde fuera segueria acordando del patio del inglés se su fuente ⛲ y su dos grandes árboles de eucalipto que tanto le gustaba trepar eso no se olvida hasta la próxima semana 🫶
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