Cuando las calles se llenan del olor a azahar y en las casas de lo hebreos se prepara la Pascua, comienza todo.
Escribir un pregón, y además pronunciarlo es tarea ardua que me da un poco de miedo, por la responsabilidad que entraña al redactar algo muy serio, muy sentido y muy importante. y más para una lega en el asunto. Que una cosa son los recuerdos y los sentimientos, y, otra muy diferente, plasmarlos con el rigor que requieren.
El pregón de Semana Santa habla de fe, historia y tradiciones. Se trata de eso, de pregonar a los cuatro vientos la excelencia de la semana mayor religiosa de una determinada ciudad, en este caso, de Ceuta, siempre Ceuta, mi ciudad de origen de donde guardo los mejores recuerdos del ambiente, las salidas procesionales, la gente, la bulla, las familias, los templos y...las cofradías en la calle. Dueñas y señoras de una población que bullía desde el Domingo de Ramos al de Pascua, o Resurreción. Un pueblo alejado de la península y que podía, y puede, dar sopas con honda a muchas otras con nombre y solera. Porque, señores, Ceuta tiene nombre y solera, pero callada , recreándose en su puesto de privilegio de tener cofradías antiguas, de fundación lejana, que vienen a decir, junto con las más recientes: aquí estamos, en el norte de África. Aquí estamos porque somos. Porque nos hemos ganado un sitio de privilegio entre las mejores. Por derecho y por amor. Y porque está escrito en el aire de Ceuta.
Un pregón al uso es un canto, un grito, poético y apasionado. Pero como yo no tengo esa facultad del buen pregonero, voy a desgranar, con mis torpes palabras, la Semana Santa de mis recuerdos, la que siempre llevo en mi mente y en mi corazón, como algo vivo y único. Con los ojos de una niña agarrada fuertemente a las manos de su padre.
Llega el Domingo de Ramos y todo estalla: misa de Palmas, bendición de olivos, vamos a comprar pasteles en La Africana. Vamos a comer que hay que ver cómo entra Jesús en la ciudad. Una Jerusalén abrazada por dos mares. Qué suerte que no llueve y la Pollinica puede lucirse. Y empieza todo. Del júbilo a la consumación. Porque así estaba escrito y Ceuta lo sabe.
Amanece un Lunes Santo en el que se espera al Señor de la Vera Cruz, figura antigua, del tardo Gótico. Cristo seco y singular. Prueba fehaciente del valor histórico de algunas de nuestras imágenes.
Y llega la apoteosis en forma de Cristo Cautivo. Le dicen el Señor de Ceuta. El que arrastra multitudes que lo acompañan. Mi cariño y recuerdo a Pepe Sarria, que está con su Medinaceli.
Todo un gentío arropa, y hasta custodia, porque de todo hay y de todo ha habido. Promesas, rezos y lágrimas, suspiros y confidencias. Que se cure mi hijo, que mi hija apruebe las oposiciones, que encuentre un trabajo. Es el grito callado de angustia y esperanza que clama y ruega al que todo lo puede. Al Señor de la túnica morada que reina en la ciudad. Y su madre tras él. Sabia madre que deja todo el protagonismo al hijo, porque sabe qué pasará, porque así está escrito en el aire de Ceuta.
El Martes Santo ya es un bullir de gente, un corre corre de preparativos porque toca encontrarse. Un año más se asiste a esa ceremonia irrepetible del Encuentro de la madre con su hijo con la cruz a cuestas. la primera cofradía que conocí en mi infancia. Nuestro Padre Jesús Nazareno y Sacratísima Virgen de la Esperanza, lo de Sacratísima me llamó siempre la atención. Y llega el momento, y suena la música y se acercan los pasos. Y se mecen. Una y otra vez, y en la Plaza de África no cabe un alfiler. Aunque, Barbarita recuerda cuando el Encuentro se producía en el Puente Almina y se volvían los pasos hacia el mar, hacia la Península, en un acto tan emocionante como significativo. Es el día de la tradición más caballa. Y que no se pierda.
Y ahora llegan los días más difíciles para el mundo cofrade. De todos es sabido que tras el Encuentro, llega la desbandá. Mucha gente marcha de vacaciones y las calles quedan un poco vacías para ver a las cofradías realizar su estación de penitencia. Pero se aguanta y se triunfa, porque Ceuta es más fiel que desleal y se prepara para seguir y vivir la liturgia viva en la calle.
El Miércoles Santo nos trae Amargura con un Nazareno caído de rostro dulce y túnica blanca. Y en mi recuerdo la familia del querido Pedro Clavijo. La Flagelación refleja sufrimiento callado y resignado. Su madre, la de la Caridad, le sigue con el alma en vilo.
El Jueves Santo, el ecuador de la semana, trae aires de cruce, de encrucijada allá por un barrio lejano que procesiona a su crucificado y a una virgen envuelta en lágrimas. La que recoge y alivia el llanto de todos.
Y volvemos al centro de la ciudad para ver salir a una cofradía que tiene en su curriculum el ser la renovadora, la primera en costaleros hermanos. La primera en muchas otras cosas. Y volvemos a asombrarnos con ese Cristo de la Humildad y Paciencia. Sedente, paciente, humilde. Con su clámide púrpura que espera a una madre llena de Penas, de las penitas de sus devotos. Cofradía Agustiniana. Vinculación con la orden de la sabiduría y la libertad.
Ceuta también tiene su Madrugada. Lejos del bullicio de otras ciudades. En la nuestra se enseñorea el silencio. Jesús es descendido de la cruz, camino del sepulcro, su morada de transición a la luz de la resurrección. Silencio, recogimiento, austeridad. Se va cumpliendo lo que está escrito en el aire de Ceuta.
Dejamos atrás el Jueves con el comienzo de los Santos Oficios y nos acercamos a la Parroquia del Valle, pequeña, casi ermita. Y allí ya sabemos que es Viernes Santo, que sale un paso de misterio con un grupo escultórico que acompaña al Señor de la Paz y a María Santísima de la Piedad. De la calle Brull hasta el término de su recorrido procesional, caminan un largo trecho. Por amor a sus sagrados titulares y porque son las mejores maneras. El camino es largo y la penitencia también.
Cristo expira junto a su madre del Amor y Juan, el discípulo amado. Ya casi se escapa la vida de su cuerpo maltratado. Sólo queremos que tenga una Buena Muerte.
Porque nos vamos a los Remedios, cofradía de todo un barrio que acompaña a su Cristo, al que se le desea una Buena Muerte, y a su madre del Mayor Dolor, la de la barbilla perfecta que creara un Juan de Astorga en estado de gracia. Es la quintaesencia de una cofradía, en ajuar, enseres, cultos, predicadores, exquisito gusto en vestir a la virgen. Y el rosario, pieza costeada por todas las Dolores del barrio y que Barbarita tuvo el inmenso honor de llevar el día de su boda. Los Remedios, gran salida y mejor recogida, la mejor excusa para llegar tarde a casa. Un beso al cielo, querido Pepe Remigio.
Culmina el Viernes Santo con la representación del máximo duelo: el Santo Entierro está en la calle y la Soledad exhibe su inmensa tristeza. Pero queda la esperanza, el consuelo de que algo va a ocurrir, y se atempera el dolor.
Y vuelve otra vez la alegría. De domingo a domingo hemos vivido algo mágico. De los días de contención y rigor: niño, que no se puede cantar, no corred, que el señor está muerto, al júbilo de la resurrección. Atrás quedaron las salidas, los estrenos, el miedo a los caballos que acompañaban a algunas cofradías. Las torrijas, el arroz con leche, las natillas. Y los burgaíllos y los pirulís de colores. Y tantas cosas que se me escapan, pero que están en mi mente de niña. De la niña que veía el Encuentro de la mano de su padre.
Y así transcurría todo en una ciudad del norte de África. Porque así estaba escrito en el aire de Ceuta.
Mi agradecimiento a Maribel Lorente y Vicente Merayo, caballas y jartibles de nuestra ciudad. Gracias por vuestra colaboración y entusiasmo.
En Fuengirola, Viernes de Dolores de 2025. Feliz Semana Santa a todos.
¡Qué bonitos recuerdos!, Barbarita.
ResponderEliminarCierro los ojos y casi puedo imaginarlo. Tradiciones que no se olvidan y emocionan aunque pasen los años. Muy bien descrito 👏👏
ResponderEliminarTengo recuerdos y claros de mis Semanas Santas allí y del señor vendiendo pirulís y barquillos.
ResponderEliminarOjú, telaaaa !!!
ResponderEliminarSemana Santa en Ceuta, ¡Qué tiempos aquellos!
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