| Doña Bárbara posa en cubierta |
Dicen que uno de los mayores placeres de la vida es viajar. Ir de un lado a otro de cualquier sitio o geografía para disfrutar del conocer, de lo nuevo, inesperado e inolvidable, para enriquecer el espíritu y aprender de todo lo que se ofrece ante nuestros ojos y comprender la diferencia.
Para entender al otro. Y, resulta que, en la era de los viajes inter espaciales y de los trenes bala y los coches supersónicos, que nos desplazan a la mayor velocidad, parece que a veces nos olvidamos de otra clase de placer en la forma de viajar: el marítimo. El que nos adentra a través de los siete mares y medio que en el mundo son para solaz de cuerpos y almas por mor del salitre y la brisa que evoca poemas y canciones...e historias de amor. Y de desastre.
Barbarita ha sido muy de viajar por mar desde la infancia, tal era la situación geográfica de su ciudad: o barco o nada, si queríamos salir al continente europeo y conocer otros mundos.
Y, en esto de la conocencia de nuevos rumbos a través de la mar salada, estaba doña Bárbara de las Heras y Nombril, antepasada de la que suscribe, mujer cosmopolita y echada p'alante en unos tiempos en los que las féminas no solían viajar a lugares lejanos, lo más, a tomar las aguas al balneario más próximo. Pero no para embarcarse a Nueva York. Que fue lo que hizo.
Doña Bárbara sacó todos los ahorros que le proporcionaban las rentas de sus múltiples alquileres de propiedades en Ceuta: del Monte Hacho al Puente de la Almina, media ciudad era suya. Así que, a embarcar en el buque más moderno e impresionante de la época y a demostrar que podía gastar sus buenos duros en codearse con la créme de la créme de la altísima sociedad del momento.
Así se expresaba doña Bárbara en las cartas que conservamos. Con tal profusión de detalles como una documentada lección de historia, la historia de su desastroso, corto, intenso y helado viaje por mar. Por la época, creemos que fue la primera mujer caballa en liarse el petate con destino a, nada menos, que a Nueva York. Pero vamos con sus cartas.
- Miércoles, 10 de abril de 1912. Parece que no llegaba nunca: de Ceuta a Málaga, una paliza, que continuó hasta llegar a Portimao, durante cuatro días de navegación en el velero Bonita Aurelia, y de ahí cinco días más a La Coruña en el Rey Navegante ( en los dos olía tan fuertemente a bacalao que jamás lo olvidaré) para, por fin, llegar a la isla británica con frío y unas nubes negras que no presagiaban nada bueno. Pero todo sea por bien ante la gran aventura que me espera para conocer el nuevo mundo.
- Zarpamos de Southampton, puerto importante, parecido a una feria, por el gentío que abarrotaba el muelle. Íbamos a salir. El barco indestructible e insumergible, el más moderno, potente, hermoso y marchoso que vieron los tiempos, iba a comenzar un viaje histórico. Y yo, que nunca había salido de Ceuta, y que lo más lejos que había viajado por mar era a Málaga, me encontraba formando parte de esta gran aventura y en Primera clase. Para codearme con lo más granado de la sociedad: banqueros, grandes industriales y potentados, aristócratas y artistas. Allá vamos.
- El ambiente es de alegría desbordada, normal cuando se nos presentan unos días de lujo y comodidad a bordo de este buque de ensueño. Viajamos, entre tripulación y pasaje, más de 2.000 personas.
- Todo está perfectamente estructurado en tres clases o categorías : Primera, Segunda y Tercera Clase. Como la vida misma, una división por clases sociales...dinero. Entre los que quieren cruzar el Atlántico por el mero placer de experimentar qué se siente como un Neptuno del siglo XX, los que viajan por negocios, para abrir nuevos mercados, cerrar proyectos en los Estados Unidos de América, la nueva tierra de promisión, porque la vieja Europa está cansada y necesita fundirse con la savia nueva de un país tan grande como lleno de oportunidades para todos.
Para todos...eso es lo que pensaban los cientos de emigrantes de Tercera Clase: irlandeses, italianos y algún nórdico en franca huida de la miseria que azotaba sus países de origen. La hambruna todo lo puede y con esa lección perfectamente aprendida se lanzaron a la aventura de una, y mejor, vida, con la misma ilusión y desesperación de quien no tiene nada que perder. Y ellos iban dispuestos a ganar.
- Jamás habría imaginado tanto lujo. Tenemos piscina, gimnasio , biblioteca, unos comedores espléndidos donde sirven la cocina más refinada; una orquesta maravillosa, un paseo de cubierta para tomar el aire y el sol y una escalinata digna del palacio más suntuoso. Con maderas nobles, metales dorados y terciopelos, todo presidido por una lámpara de miles de cristales que brillan tanto como las joyas de las pasajeras. El sueño de cualquier viajero.
| Pasajeros de Primera Clase listos para la soirée de gala |
- En el paseo por cubierta me cruzo con algunos de los grandes personajes que han dado caché a la nómina de pasajeros. De John Jacob Astor a Benjamin Gugenheim y la excéntrica millonaria - nueva rica- Molly Brown, de carácter alegre y campechano. Todos ellos, marcados por el signo del dólar, mantienen una animada charla y cambian impresiones contemplando la magnífica obra de ingeniería que los llevará de vuelta a casa.
- Sin embargo, el paseo me ha creado una cierta inquietud al descubrir detalles que no me gustan: parece que no hay suficientes botes de evacuación ni chalecos salvavidas. Somos muchos y resultarían insuficientes en caso de ocurrir una desgracia.
Pregunto a un amable oficial que me comenta que no hay peligro, que todo está controlado. No olvide, madame, que viaja usted en el barco más fuerte y mejor construido del mundo, el auténticamente insumergible. No se preocupe que no corremos ningún peligro y llegaremos a Nueva York sin novedad.
- Una vez disipados mis temores en cuanto a la seguridad del barco, me dirijo a la Oficina de Correos, quiero ponerle un telegrama a mi contable, el padre Moguer, administrador de mis bienes y propietario de diversas parcelas en la zona del Sarchal. El buen sacerdote, listo como un águila, cuida de mi patrimonio para hacerlo prosperar y crecer viento en popa.
- Dicen que dinero llama a dinero, y, quién sabe si en América se me presentan oportunidades de negocio. La confección de ropa está en auge en Nueva York y me gustaría hincarle el diente a alguna pequeña fábrica. La mano de obra es barata y se gana bastante.
Dentro de los detalles de este corto, intenso y helado, relato, la autora descubre entre los papeles de doña Bárbara una serie de apuntes del ambiente general de aquella pequeña- gran ciudad flotante que, como apuntamos antes, estaba perfectamente dividida en compartimentos estancos, tanto humanos, como del mismo buque. Separaciones para no contaminarse con la miseria, separaciones para no hundirse en las frías aguas de un océano inabarcable. Pero no pensemos mal.
- Acabamos de salir, nos dirigimos a Cherbourg. Arriba, la orquesta ataca con brío el Vals de las Flores y abajo, suenan los aires de un organillo que interpreta con cadencia nostálgica O sole mio, la canzoneta napolitana que recuerda la tierra que se dejó atrás.
- En esta primera velada, en la Tercera clase, entre el ruido de la cercana sala de máquinas, el chocar de los vasos de cerveza y sidra, y el miedo al futuro, se encuentran Giuseppe, Beppe De Lucia, Jacob Meyer y John, Jack Kennedy. Aunque no se conocen, les une la misma ilusión y la misma incertidumbre.
- Ellos también cambian impresiones y fantasean con un Nueva York asfaltado con monedas de oro y alfombrado de billetes de color verde. Las mujeres, atentas a todo, gritan y también callan, acunan bebés, consuelan a los viejos y se afanan por construir un espacio propio en medio del gentío.
Rosella Santuzzi, Rachel Goldstein y Mary O'hara, unas entre tantas viajeras. Ellas serán el pilar en el que se asentará el nuevo futuro que anhelan. Pero no fantasean con oro. Sueñan con pan, cama y un techo en la nueva tierra. Tierra firme donde dicen que hay sitio para todos y para todo, menos para el hambre.
- El ambiente está en calma. El mar, aunque frío, está tranquilo y sereno. Continuamos viaje en el barco de los sueños. Porque, para eso estamos aquí. Para soñar.
- El primer día de navegación, la primer singladura, como dicen los marinos, ha resultado tan exitoso como prometedor de los buenos días que vendrán hasta avistar a Miss Liberty.
- Estoy encantada de haber emprendido este fantástico viaje. Mañana será otro día.
Ohhh! Que historia más interesante . Deseando saber las vivencias de Doña Bárbara de las Heras .
ResponderEliminarMe encanta el "suspens"😊 con ganas de seguir este relato, que nos lleva allende los mares. Viajar en transatlántico es fabuloso, relajante, divertido y muy descansado, siempre y cuando, todo esté perfecto 😂
ResponderEliminarOn se revois la semaine prochaine. Bisous😉😘❤️
Qué emoción!!! Esperando la siguiente. Pilona
ResponderEliminarUn barco cargado de ilusiones que emprende un grandísimo viaje. Buen comienzo para contar una gran historia.
ResponderEliminar¡Que nos vamos de viaje! Gran aventura, seguro, Barbarita. Esperando, a ver, cómo continúa el relato.
ResponderEliminarNos vamos de viaje con Doña Bárbara ! Con ganas de saber cómo continúa el viaje ! 💋🤗
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