LA CHICA DEL PATIO II BARBARITA RECUERDA.
Barbarita recuerda, una vez traspasado el dintel de la
entrada, llegar a una fontanería, la de Expedo y Rafael, aunque, la verdad,
esto es algo moderno en el recuerdo infantil. Seguidamente, la carbonería de
los abuelos Pedro González y Dolores Palma, alta y delgada, siempre vestida de
negro, despachando carbón o haciendo eternos pucheros, soplillo en mano.
Cabe recordar que la carbonería, también llamada El Almacén,
era el centro de reunión de toda la familia, ya fueran los González Palma, Navarrete,
Ponce, Vázquez, Gámez…todos, presentes en mi recuerdo y en mi corazón. Un poco
más allá la casa de Pepín Migoya y Lolita Marcos, con sus hijos, Pepe y Ana. Más abajo, Diego el pintor y
Pepita. Bajando, la casa de María, la de la esquina. Sigue la mini vivienda de José
Rodríguez Feu, también llamado Nuestro Pepe, personaje peculiar, que cambiaba
de traje dos veces al año y parecía sacado de una novela de Baroja.
Seguimos con una familia a los que apodaban los Pimpones, Pedro, Victoria y sus hijos. Casi al lado los Sánchez Pascual, Ramón y Lola y sus hijos, Milagros, Margari, Manoli, Ramón( Barbarita debe ser muy vieja, porque asistió al bautizo de Ramón, Ramoné, en aquella época) y Francisco Javier. Buena gente. También recuerdo a la abuela, que al final de sus días quedó ciega y al tío Vicente, que emigró a Holanda en los tiempos duros.
Pasada
esta vivienda, donde siempre había la mejor fruta y la mejor verdura, llegamos a la casa de Tito Kiko – Pedro González y Caridad Navarrete, con sus hijos Pedro
y Manuel. Allí veíamos la televisión, cuando nadie la tenía en sus casas.
Y llegamos al Rincón. Ahí recuerda Barbarita a Mari Gracia
y Ramón – Ramoncito bueno o Ramoncito guapo, de los Pulmones. Enfrente, la familia Duarte, Ramón
y Antonia. Y, al fondo, Julio Pérez con su familia.
Aunque pueda parecer un poco caótico, la descripción del patio a veces se me hace difícil, así que, vuelvo sobre mis pasos y me dirijo a casa de los Jaramillo, moradores de lo que podríamos llamar El Patio en Medio – ya saben, sin preposición alguna- Esta familia, junto a los Quicos, constituía una de las familias con más miembros, más gracia y más salero que puedo recordar. Así, sin respirar, Luis y África, él, alto y seco, de perfil de torero. Ella, gruesa y maravillosa. Maruja, Paco, Juan, Luis, Rafaela, Afriquita y Carmen. Y si me olvido de alguno, pido mil perdones, porque son una familia inolvidable.
Casa con patio, flores, gallinero, jarrillos de lata y…gracia. Mucha,
muchísima gracia. Dentro de esta familia, y aunque la mencioné unas líneas más
arriba, quiero recordar a tita Mari Engracia, mujer encantadora que trabajó en Tánger
y a la que nunca olvidaré.
Adentrándonos ya en el Patio Abajo, recuerdo a Salvador
Cantero y Maruja Jaramillo, Canterito negro, Marujita blanca. Los Orellana, con
la mamá Patrocinio. María Plaza y Pacoya. Enfrente la señora Pura y su hija
Mercedes, mi primera maestra. A esa casa llegaría más tarde la familia Lizana. Buena
gente siempre recordada.
Enfrente vivía Isabel Alcaín, mujer triste, siempre recordando
a su hijo muerto, Modesto de nombre. Su marido se llamaba Moya de apellido, y
siempre estaba ausente.
Y ya, cogemos carrera y nos vamos directamente al final
del Patio Abajo. La Casa de los Gámez González, Luis y Sebastiana, y su hija Loli, gran peluquera y mejor persona. Alegre, sonriente y entrañable. Una hermana mayor
para Barbarita. El resto de la familia emigró a Francia. Fernando, Mari Carmen
y Luis, ya fallecido. Al lado, la casa de Milagros la modista, con sus hijas
Mari y Conchi y su nieta María del Mar. Enfrente, la familia Salguero. Y,
abajo, en el último tramo, la familia Mateo. Miguel y Salvadora y sus hijos, Pili,
Miguel y Maribel. Y al lado los Vicario, Juan y Catalina con sus hijos.
En ese mismo tramo, pero al lado izquierdo, José Rodríguez, Pepe el Rápido, con su mujer, María Jesús Samiñán. Llegaron de recién
casados y allí formaron su familia.
Ahí se acababa todo. O empezaba. Porque mi patio era lugar
de fiestas y alegrías. Pascuas, Cruces de Mayo, Carnavales. Recuerdo pozos,
flores, gente que iba y venía de sus trabajos con sus fiambreras de comida, el costo.
Comida, no confundamos. Pintores, albañiles, impresores, tenderos, chóferes, mujeres lavando la ropa y cargando con cubos de agua. Y
en los tiempos antiguos, gente escondida del régimen, matuteras y alguna prostituta.
Todos deseando sobrevivir, olvidar y salir adelante. Por eso, este final se
dedica a las alegrías. A los juegos infantiles y juegos de mayores. ¡Esa lotería
con sus cartones desgastados y sus bolillos! Cuando no había bastantes, con
legumbres o pipas de chirimoya. Tata Paca, mi homenaje y mi recuerdo.
Y el lenguaje, que daría para un artículo completo. Ejemplo para el DRAE, pero en andaluz castizo. Y un poco verde. Bastante verde. Pero dicho con gracia y en el momento oportuno.
Y los Invasores, el primer club juvenil que hubo en
Ceuta, fundado por Chiqui González y sus amigos. Allí se bailaba y se oía buena
música. Hasta en directo, con los Bemol Group. Alguien en Barcelona lo recuerda.
Pasaron los años y el patio se fue despoblando y también fue cambiando. Se reformaron viviendas, el patio mudaba su cara. Pero se hacía viejo. Y con él, sus gentes. Aquellos que dieron vida a ese mundo aparte, apagaron su luz. O se mudaron. A un piso, "con todas las comodidades".
Adiós mundo del ayer, adiós Patio de la Tahona, donde aún
suenan villancicos y huele a roscos, pestiños,
a anís, o a tintorro con un tomate picao. Salen los niños de comunión, y las
parejas de novios rumbo a los Remedios, las niñas para la feria, con moños y peinetas. Y el correspondiente lunar en la cara y en la espalda. Porque esa era la vida, con muchas risas
y también con penitas.
Y aquí queda todo. El recuerdo de una época pasada, de un mundo vivido y contado por una chica. Una niña a la que no le gustaban los plátanos y soñaba con escribir.
Si me he olvidado de alguien…perdonen
mi mala memoria, pero a veces, el corazón, juega malas pasadas.