MÉJICO LINDO Y QUERIDO.
Con el título de una archi famosa canción. Así es como se conocería mundialmente a la capital de la República Mejicana, el lugar en el que millones de personas tenían puestas sus esperanzas. Una ciudad que les pareció un mundo, porque era el mundo entero.
Era el mundo entero para nuestra gente de la fauna diversa que, desde el perfumado Veracruz, el puerto donde se volcó la inmensa ola de los miles de refugiados españoles que buscaban con ansias y miedos una nueva vida, ahora paraban. Plantaban sus cuerpos y sus almas en el lugar más contradictorio que hubieran imaginado, pero allí estaban. Con ojos de incredulidad y esperanza, aquellos que habían conocido la más famosas ciudades de Europa, ahora anclaban su desesperación en esa última estación del camino.
A lomos del inmenso ferrocarril, el que llevaría a los soldados de aquella cruenta Revolución que aún flotaba en el ambiente, Elena, Rafael, Alberto y Javier dijeron un ¡basta ya! a tanto tiempo de sufrimiento y se dispusieron a comerse el panorama que se les presentaba en la nueva tierra de acogida. La de mujeres hermosas y de los hombres valientes, que decía otra canción patrimonio de una cultura popular que ellos, sin saberlo aún, tanto contribuirían a crear. Había llegado su hora.
La hora de los Trasterrados.
Pero no todo es tan fácil ni se sucede tan rápido como se desea. Rafael, Alberto, Elena y Javier, eran cuatro gotas de agua perdidas en el inmenso océano de los miles de hombres y mujeres que soñaban con abrirse paso en el nuevo país de asilo. La política de bienvenida del presidente Lázaro Cárdenas, era, en efecto, una mano tendida a los hermanos españoles, pero eran muchos. Demasiados. Aunque, y ya en esta tesitura vital, era el momento de decidir el futuro a una jugada. A un albur, como se decía allí, y hacia ese futuro encaminaron todos sus esfuerzos. Buscan gente para el cine, la guerra mundial está favoreciendo la producción nacional, y necesitan gente de nuestra talla y nuestra experiencia.
El principio no fue sencillo, pero la decisión extrema de nuestros artistas les hizo asomarse a los Estudios Azteca, situados en Coyoacán, la primera empresa que se dedicó a la producción cinematográfica y que se creó como una fábrica de sueños, al más puro estilo de los homónimos de Hollywood, aunque con un sello propio: el de resaltar la cultura de un país que salía del caos revolucionario para entrar en una época de modernidad en la que primaban la exaltación de lo autóctono con películas de las llamadas rancheras y de recreación de un Méjico perdido en la memoria: los años del Porfiriato, como un tiempo idealizado que hacía soñar a los nostálgicos.
Había mucho que hacer: pintar decorados y diseñar figurines y vestuarios, lo que dio trabajo - y vida- a Javier Linaza, el pintor malagueño. Cuadros y más cuadros de tunas y guitarrones, de desierto y de grandes montañas, de aguas y barcas de pesca y velas imposibles. Y la gente. Los tipos más diversos que se fundían en uno solo.
Los guiones, de los temas más diferentes, cayeron en las manos de Alberto y Elena que, asombrados, pasaron de las historias del Expresionismo alemán, con sus luces y sus sombras, a las de charros cantores y mujeres de negras trenzas, tan aguerridas como abnegadas. Nada que ver con El ángel azul. Aquí, los ángeles son de todos los colores, ironizaban, entre la sorpresa y la expectación por lo nuevo. Porque, para ellos, para todos ellos, todo era nuevo.
Y qué decir de la música. Si a Rafa Nogales, el que soñaba con componer grandes obras sinfónicas y al que al que saludó una vez el mismísimo Sigmund Freud en un café de Viena, le parecían ramplonas y vulgares las músicas de las películas españolas de los años treinta, ahora se encontraba con la horma de su zapato. Los rasgueos de las guitarras de las producciones folklóricas de charanga, pandereta, cortijos, toreros y bandoleros, se quedaban en nada comparados con las canciones rancheras, las tonadas de la gente del campo y los sones del arpa y la marimba de la costa veracruzana. Recreadas una y mil veces en cientos de producciones.
Pero había que comer, había que integrarse y había que abrirse camino a como diera lugar, en una forma de asimilar las expresiones de un país cada vez más volcado en lo propio y que exigía mejicanizar hasta el aire que se respiraba.
Ese era su nuevo reto y ante él tendrían que rendir sus horas y sus vidas.
Durante todas sus horas. Durante todas sus vidas. Hasta que las raíces fueran tan fuertes que hicieran desaparecer la sensación de frío que les acompañó desde que salieron de sus mundos propios, y que nunca, nunca dejaron de sentir. A pesar de esas mismas raíces, a pesar de la lengua, a pesar de la acogida. A pesar de...
Nuestros artistas tuvieron, ¡por fin! la suerte y el éxito que tanto habían buscado y por el que tanto sufrieron y dieron tumbos de equipaje roto por la vida y los años turbulentos y sangrientos que les tocó vivir. Ahora era su hora. La hora de todos en los esplendorosos años del Cine de Oro.
Aunque no todo fue de color de rosa. Los brazos abiertos del delirio de la llegada se cruzaron en muchas ocasiones. El ejemplo de Morelia podía ser una advertencia.
Por el momento eran los hermanos españoles, más tarde serían Los Gachupines. La fauna diversa se mimetizó con el paisaje y el paisanaje, en un último intento de sobrevivir. Sus nombres rotulaban las pantallas y los carteles.
Lo consiguieron: trabajaron, vivieron y amaron en los años de triunfo y en las generaciones que les recordaron. Allí, se asentarían para siempre con fructíferas raíces. Aunque siempre siguieron sintiendo frío.
Nunca los olvidaremos, en sus días y en sus obras. Continuará...
- CONSTANCIA DE LOS DÍAS
Acaba septiembre, y una niña rubia y un hombre bueno, cumplen años. El mismo día, qué casualidad!! A por muchos más.
- Aunque no se quiera, nunca falta la nota luctuosa: Claudia Cardinale, siempre en nuestra memoria, del brazo de Delon y Lancaster, está en un baile memorable. Puro Visconti. Lujo e historia.
También estuvo por la costa del sol de la mano de Javier Checa, el mago de las locas ideas.
Comida en el Higuerón y rendida admiración.
Es preciso que todo cambie para que todo siga igual. Bravo, Lampedusa.
