Me han propuesto que hable del futuro. Pero no del futuro como algo que está por llegar o suceder, sino, precisamente, de la forma de cambiarlo. Empeño que, aunque a priori resulta atractivo, entraña una tremenda dificultad se mire por donde se mire. Porque, precisamente, la propuesta es saber si podemos dar la vuelta a algo que parece cerrado de antemano. Fácil y difícil a la vez.
Y una vez apartados los primeros escollos, véanse leyes físicas o las diversas opiniones de distintas escuelas filosóficas, vamos con el asunto mollar que se apoya en el discurrir del día a día del ser humano, que se acerca mucho más a la realidad. Nos guste o no.
En primer lugar, para poder hablar del futuro, y de si podemos o no podemos cambiarlo, tendremos que apoyarnos en el presente, sin olvidar tampoco el pasado, sobre todo para no repetir comportamientos, errores y actitudes fatales. Porque el futuro no está escrito. ¿ o sí?
Según la escuela de pensamiento de María V. una rondeña sabia en menesteres de lo que es, no es, o será, todo lo que nos pueda suceder en un futuro, está escrito. Todo lo que nos ocurra está ya anotado en el libro del debe y el haber de la vida. Para Mariquita, hagamos lo que hagamos en el presente, no repercutirá excesivamente en nuestro porvenir porque ya está todo trazado. Trazado, medido y pesado. Milímetro a milímetro, grano a grano. Con la lógica de quien cree en los ángeles con zapatos desgastados de transitar por esta, a veces, perra vida. Los mismos que te advierten que al final ocurrirá lo que tenga que ocurrir. Que será lo que tenga que ser. Una tesis completamente respetable y hasta cierto punto lógica, carente de fundamento científico, aunque esté cimentada en la más pura y dura intuición del devenir de la existencia. Con todo lo que ello significa: penas y alegrías, experiencias y fatalidades
Así, pasamos del empirismo del día, el de la gramática práctica, para pasar a repasar otras tesis que se mueven entre el mundo de lo espiritual.
Voces autorizadas, como las de S.B. sostienen que el futuro no puede cambiarse porque hay sólo una vida, aunque sí existen diversos planos de existencia. Habla de pactos de almas, previos a la reencarnación de los seres que hacen el futuro inamovible, precisamente, por lo acordado en ese mencionado pacto. Que sólo hay un camino ya trazado para todos los estadíos vitales y al final nada ha podido cambiarse. Lo que nos viene a decir lo mismo que en la corriente anterior: en unos casos se escribe o se pacta, no sabemos en qué papel o en qué libro, como no conocemos los términos de las transacciones de almas. Porque ese es otro jardín que no quiero transitar por si se convierte en laberinto.
Otra cosa es hablar del sino, el fatum, el hado o como queramos llamarlo, mediante el que las personas creen que los acontecimientos de su vida y sus acciones están predeterminados, con lo cual también se plantea la incógnita de poder cambiarlo. Como ven ustedes, otro jardín.
Desde tiempos inmemoriales, las antiguas culturas veneraban a los adivinadores. Así, desde Egipto a Grecia y Roma, Oriente o las sociedades llamadas bárbaras, la humanidad entera ha sentido la necesidad de saber, de conocer qué les depararía el futuro y su posibilidad de cambiarlo. A veces, por los métodos más expeditivos. Sin conseguir nada. Bien porque ya estaba escrito o porque ya estaba pactado. En definitiva, un jardín sobre otro.
Y al final, todas estas eternas incógnitas se despejan con la fórmula más sencilla: el futuro, aunque no esté programado en el organigrama de nuestra vida, sí podría cambiarse en función de nuestros comportamientos y acciones. Aunque no sea una regla general, en algunos casos puede hacerse efectiva y, aunque parezca demasiado simple, lo de sembrar y recoger siempre estará ahí como paradigma de lo venidero.
Y con la alusión a la siembra y recogida y a los jardines y laberintos, me pregunto qué futuro tendrá Barbarita con estas cuatro letras de los sábados.
Gracias, Mari Carmen Morales, por incentivar mi imaginación.