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sábado, 26 de abril de 2025

BARBARITA Y EL FUTURO

 


Me han propuesto que hable del futuro. Pero no del futuro como algo que está por llegar o suceder, sino, precisamente, de la forma de cambiarlo. Empeño que, aunque a priori resulta atractivo, entraña una tremenda dificultad se mire por donde se mire. Porque, precisamente, la propuesta es saber si podemos dar la vuelta a algo que parece cerrado de antemano. Fácil y difícil a la vez. 

Y una vez apartados los primeros escollos, véanse leyes físicas o las diversas opiniones de distintas escuelas filosóficas, vamos con el asunto mollar que se apoya en el discurrir del día a día del ser humano, que se acerca mucho más a la realidad. Nos guste o no.


En primer lugar, para poder hablar del futuro, y de si podemos o no podemos cambiarlo, tendremos que apoyarnos en el presente, sin olvidar tampoco el pasado, sobre todo para no repetir comportamientos, errores y actitudes fatales. Porque el futuro no está escrito. ¿ o sí?

Según la escuela de pensamiento de María V. una rondeña sabia en menesteres de lo que es, no es, o será, todo lo que nos pueda suceder en un futuro, está escrito. Todo lo que nos ocurra está ya anotado en el libro del debe y el haber de la vida. Para Mariquita, hagamos lo que hagamos en el presente, no repercutirá excesivamente en nuestro porvenir porque ya está todo trazado. Trazado, medido y pesado. Milímetro a milímetro, grano a grano. Con la lógica de quien cree en los ángeles con zapatos desgastados de transitar por esta, a veces, perra vida. Los mismos que te advierten que al final ocurrirá lo que tenga que ocurrir. Que será lo que tenga que ser. Una tesis completamente respetable y hasta cierto punto lógica, carente de fundamento científico, aunque esté cimentada en la más pura y dura intuición del devenir de la existencia. Con todo lo que ello significa: penas y alegrías, experiencias y fatalidades


Así, pasamos del empirismo del día, el de la gramática práctica, para pasar a repasar otras tesis que se mueven entre el mundo de lo espiritual. 


Voces autorizadas, como las de S.B. sostienen que el futuro no puede cambiarse porque hay sólo una vida, aunque sí existen diversos planos de existencia. Habla de pactos de almas, previos a la reencarnación de los seres que hacen el futuro inamovible, precisamente, por lo acordado en ese mencionado pacto. Que sólo hay un camino ya trazado para todos los estadíos vitales y al final nada ha podido cambiarse. Lo que nos viene a decir lo mismo que en la corriente anterior: en unos casos se escribe o se pacta, no sabemos en qué papel o en qué libro, como no conocemos los términos de las transacciones de almas. Porque ese es otro jardín que no quiero transitar por si se convierte en laberinto. 


Otra cosa es hablar del sino, el fatum, el hado o como queramos llamarlo, mediante el que las personas creen que los acontecimientos de su vida y sus acciones están predeterminados, con lo cual también se plantea la incógnita de poder cambiarlo. Como ven ustedes, otro jardín. 


Desde tiempos inmemoriales, las antiguas culturas veneraban a los adivinadores. Así, desde Egipto a Grecia y Roma, Oriente o las sociedades llamadas bárbaras, la humanidad entera ha sentido la necesidad de saber, de conocer qué les depararía el futuro y su posibilidad de cambiarlo. A veces, por los métodos más expeditivos. Sin conseguir nada. Bien porque ya estaba escrito o porque ya estaba pactado. En definitiva, un jardín sobre otro. 


Y al final, todas estas eternas incógnitas se despejan con la fórmula más sencilla: el futuro, aunque no esté programado en el organigrama de nuestra vida, sí podría cambiarse en función de nuestros comportamientos y acciones.  Aunque no sea una regla general, en algunos casos puede hacerse efectiva y, aunque parezca demasiado simple, lo de sembrar y recoger siempre estará ahí como paradigma de lo venidero. 


Y con la alusión a la siembra y recogida y a los jardines y laberintos, me pregunto qué futuro tendrá Barbarita con estas cuatro letras de los sábados. 


Gracias, Mari Carmen Morales, por incentivar mi imaginación. 


sábado, 19 de abril de 2025

BARBARITA, UN SUEÑO Y UN SUSTO


Parece mentira el poder que las campañas publicitarias pueden tener efecto en el ser humano. Tanto que, a veces, parece que nuestras vidas estén dominadas por las sugerencias, órdenes y directrices, más o menos veladas o explícitas, que recibimos a través de los medios que nos mueven como marionetas y que a veces, nos dominan hasta el extremo de hacernos confundir lo soñado de lo real. 

Llegamos a casa, tras una ausencia de 32 años, para reencontrarnos con nuestro pasado y, a la vez, enfrentar un nuevo presente. Todo nuevo, sospechosamente nuevo, colorido y brillante. Demasiado atrayente para ser normal, pero sin signos de alarma, por el momento. 

Al entrar en la que fuera nuestra casa en otro tiempo y, que tuvimos la suerte de recuperar, ya comencé a recibir señales. El edificio, de principios del siglo XX, señorial y sin ascensor, contaba con una coqueta escalera de mármol que brillaba por su ausencia. Pero nadie se daba  cuenta. Sólo yo lo advertía, aunque, también pude subir al tercer piso como los demás. Raro. Raro, pero cierto, porque estaba pasando.

Una vez en casa, mi sorpresa fue mayúscula al no reconocer nada: todo estaba igual pero a la vez, todo era diferente. En una especie de caos ordenado se sucedían habitaciones llenas de cachivaches de muchos colores. Siempre colores chillones y amenazantes, que advertían algo y que avisaban de una nueva sorpresa en las sucesivas estancias. Pero nadie se daba cuenta. Nadie lo notaba excepto yo. Una asombrada Barbarita que comenzó a oír pequeños chillidos agudos que crecían por momentos. Mientras la  familia empezaba distribuirse por la casa reencontrada, yo no salía de mi desconcierto, a la vez que buscaba el origen de los chillidos. De momento, nada. Lo cual hacía crecer mi inquietud. Hasta que los encontré, increíblemente dentro del frigorífico. Ahí estaban los sujetos: bolas rojas con piernas pequeñas y cara sonriente. Como unas famosas golosinas que hablaban e invitaban a salir a la calle para comprobar que el exterior estaba plagado de ellos: en las vallas publicitarias y carteles, en los bares y en las tiendas...entre la gente. Pero nadie se daba cuenta de nada porque nadie los veía. Sólo yo. 

La gente interactuaba como siempre. Salí a comprar con mi amiga R.  y nada. Luego, a tomar café con mi amiga L. y tampoco pasaba nada. Nadie veía nada porque ya todos estaban bajo la influencia de las esferas con patas y su mensaje de consumir y más consumir. Las aceras y escaleras de plazas y avenidas resultaban impracticables, atestadas de toda clase de elementos para comprar y ser feliz. Así, automóviles, aspiradoras, perfumes de marca, aguas llenas de gas y cigarrillos de boquillas de color pululaban al alcance de todos. Era el sumun del logro de lo guay porque eran poseedores de todo lo que se podía comprar. En las calles, cajas de pescado muerto, inservible. Como relojes blandos con escamas, amenazantes y premonitorios, sin color. Porque el resto de la ciudad, el resto del mundo estaba lleno de color y de brillo para atraer a la compra. Y de esta forma se realizaba el acto de compra inconsciente. Y de esa forma se conseguía un mundo feliz. Pero nadie sabía nada. Nadie se daba cuenta, porque nadie los veía. Sólo yo. Sólo una asombrada Barbarita que se había quedado más sola que la una mientras la gente compraba y era feliz. Y no era un cuento de Cortázar, más quisiera yo...

Y juro que lo vi. Que fui testigo de todo ese marasmo de cambios, ausencias, chillidos, colores y pescados tristes. Como un baratillo de lo imposible, donde todo se vendía y todo se compraba. 

                  ¡Lo que hace un atracón de torrijas¡

sábado, 12 de abril de 2025

BARBARITA Y LA SEMANA SANTA DE CEUTA. MI PEQUEÑO PREGÓN


Cuando las calles se llenan del olor a azahar y en las casas de lo hebreos se prepara la Pascua, comienza todo. 

Escribir un pregón,  y además pronunciarlo es tarea ardua que me da un poco de miedo, por la responsabilidad que entraña al redactar algo muy serio, muy sentido y muy importante. y más para una lega en el asunto. Que una cosa son los recuerdos y los sentimientos, y, otra muy diferente, plasmarlos con el  rigor que requieren. 

El pregón de Semana Santa habla de fe, historia y tradiciones. Se trata de eso, de pregonar a los cuatro vientos la excelencia de la semana mayor religiosa de una determinada ciudad, en este caso, de Ceuta, siempre Ceuta, mi ciudad de origen de donde guardo los mejores recuerdos del ambiente, las salidas procesionales, la gente, la bulla, las familias, los templos y...las cofradías en la calle. Dueñas y señoras de una población que bullía desde el Domingo de Ramos al de Pascua, o Resurreción. Un pueblo alejado de la península y que podía, y puede, dar sopas con honda a muchas otras con nombre y solera. Porque, señores, Ceuta tiene nombre y solera, pero callada , recreándose en su puesto de privilegio de tener cofradías antiguas, de fundación lejana, que vienen a decir, junto con las más recientes: aquí estamos, en el norte de África. Aquí estamos porque somos. Porque nos hemos ganado un sitio de privilegio entre las mejores. Por derecho y por amor. Y porque está escrito en el aire de Ceuta. 


Un pregón al uso es un canto, un grito, poético y apasionado. Pero como yo no tengo esa facultad del buen pregonero, voy a desgranar, con mis torpes palabras, la Semana Santa de mis recuerdos, la que siempre llevo en mi mente y en mi corazón, como algo vivo y único. Con los ojos de una niña agarrada fuertemente a las manos de su padre.

Llega el Domingo de Ramos y todo estalla: misa de Palmas, bendición de olivos, vamos a comprar pasteles en La Africana. Vamos a comer que hay que ver cómo entra Jesús en la ciudad. Una Jerusalén abrazada por dos mares. Qué suerte que no llueve y la Pollinica puede lucirse. Y empieza todo. Del júbilo a la consumación. Porque así estaba escrito y Ceuta lo sabe.

Amanece un Lunes Santo en el que se espera al Señor de la Vera Cruz, figura antigua, del  tardo Gótico. Cristo seco y singular. Prueba fehaciente del valor histórico de algunas de nuestras imágenes. 

Y llega la apoteosis en forma de Cristo Cautivo. Le dicen el Señor de Ceuta. El que arrastra multitudes que lo acompañan. Mi cariño y recuerdo a Pepe Sarria, que está con su Medinaceli.

 Todo un gentío arropa, y hasta custodia, porque de todo hay y de todo ha habido. Promesas, rezos y lágrimas, suspiros y confidencias. Que se cure mi hijo, que mi hija apruebe las oposiciones, que encuentre un trabajo. Es el grito callado de angustia y esperanza que clama y ruega al que todo lo puede. Al Señor de la túnica morada que reina en la ciudad. Y su madre tras él. Sabia madre que deja todo el protagonismo al hijo, porque sabe qué pasará, porque así está escrito en el aire de Ceuta. 


El Martes Santo ya es un bullir de gente, un corre corre de preparativos porque toca encontrarse. Un año más se asiste a esa ceremonia irrepetible del Encuentro de la madre con su hijo con la cruz a cuestas. la primera  cofradía que conocí en mi infancia. Nuestro Padre Jesús Nazareno y Sacratísima Virgen de la Esperanza, lo de Sacratísima me llamó siempre la atención. Y llega el momento, y suena la música y se acercan los pasos. Y se mecen. Una y otra vez, y en la Plaza de África no cabe un alfiler. Aunque, Barbarita recuerda cuando el Encuentro se producía en el Puente Almina y se volvían los pasos hacia el mar, hacia la Península, en un acto tan emocionante como significativo. Es el día de la tradición más caballa. Y que no se pierda.

Y ahora llegan los días más difíciles para el mundo cofrade. De todos es sabido que tras el Encuentro, llega la desbandá. Mucha gente marcha de vacaciones y las calles quedan un poco vacías para ver a las cofradías realizar su estación de penitencia. Pero se aguanta y se triunfa, porque Ceuta es más fiel que desleal y se prepara para seguir y vivir la liturgia viva en la calle. 

El Miércoles Santo nos trae Amargura con un Nazareno caído de rostro dulce y túnica blanca. Y en mi recuerdo la familia del querido Pedro Clavijo. La Flagelación refleja sufrimiento callado y resignado. Su madre, la de la Caridad, le sigue con el alma en vilo. 

El Jueves Santo, el ecuador de la semana, trae aires de cruce, de encrucijada allá por un barrio lejano que procesiona a su crucificado y a una virgen envuelta en lágrimas. La que recoge y alivia el llanto de todos. 

Y volvemos al centro de la ciudad para ver salir a una cofradía que tiene en su curriculum el ser la renovadora, la primera en costaleros hermanos. La primera en muchas otras cosas. Y volvemos a asombrarnos con ese Cristo de la Humildad y Paciencia. Sedente, paciente, humilde. Con su clámide púrpura que espera a una madre llena de Penas, de las penitas de sus devotos. Cofradía Agustiniana. Vinculación con la orden de la sabiduría y la libertad. 

Ceuta también tiene su Madrugada. Lejos del bullicio de otras ciudades. En la nuestra se enseñorea el silencio. Jesús es descendido de la cruz, camino del sepulcro, su morada de transición a la luz de la resurrección. Silencio, recogimiento, austeridad. Se va cumpliendo lo que está escrito en el aire de Ceuta. 

Dejamos atrás el Jueves con el comienzo de los Santos Oficios y nos acercamos a la Parroquia del Valle, pequeña, casi ermita. Y allí ya sabemos que es Viernes Santo, que sale un paso de misterio con un grupo escultórico que acompaña al Señor de la Paz y a María Santísima de la Piedad. De la calle Brull hasta el término de su recorrido procesional, caminan un largo trecho. Por amor a sus sagrados titulares y porque son las mejores maneras. El camino es largo y la penitencia también. 

Cristo expira junto a su madre del Amor y Juan, el discípulo amado. Ya casi se escapa la vida de su cuerpo maltratado. Sólo queremos que tenga una Buena Muerte.

Porque nos vamos a los Remedios, cofradía de todo un barrio que acompaña a su Cristo, al que se le desea una Buena Muerte, y a su madre del Mayor Dolor, la de la barbilla perfecta que creara un Juan de Astorga en estado de gracia. Es la quintaesencia de una cofradía, en ajuar, enseres, cultos, predicadores, exquisito gusto en vestir a la virgen. Y el rosario, pieza costeada por todas las Dolores del barrio y que Barbarita tuvo el inmenso honor de llevar el día de su boda. Los Remedios, gran salida y mejor recogida, la mejor excusa para llegar tarde a casa. Un beso al cielo, querido Pepe Remigio.

Culmina el Viernes Santo con la representación del máximo duelo: el Santo Entierro está en la calle y la Soledad exhibe su inmensa tristeza. Pero queda la esperanza, el consuelo de que algo va a ocurrir, y se atempera el dolor. 

Y vuelve otra vez la alegría. De domingo a domingo hemos vivido algo mágico. De los días de contención y rigor: niño, que no se puede cantar, no corred, que el señor está muerto, al júbilo de la resurrección. Atrás quedaron las salidas, los estrenos, el miedo a los caballos que acompañaban a algunas cofradías. Las torrijas, el arroz con leche, las natillas. Y los burgaíllos y los pirulís de colores. Y tantas cosas que se me escapan, pero que están en mi mente de niña. De la niña que veía el Encuentro de la mano de su padre. 

Y así transcurría todo en una ciudad del norte de África. Porque así estaba escrito en el aire de Ceuta. 

Mi agradecimiento a Maribel Lorente y Vicente Merayo, caballas y jartibles de nuestra ciudad. Gracias por vuestra colaboración y entusiasmo. 

En Fuengirola, Viernes de Dolores de 2025. Feliz Semana Santa a todos.





sábado, 5 de abril de 2025

BARRERAS HUMANAS

BARBARITA REFLEXIONA SOBRE LA INCOMUNICACIÓN 

No hace falta que mi oficio sea comunicar para darme cuenta de que cada vez se producen más abismos entre la personas que conforman nuestra sociedad. Abismos, barreras, murallas. Lo que ustedes quieran llamar a ese rumor sordo que cada vez está más enterrado, y que produce no poca confusión por falta de ganas, de animó o de voluntad. Pero el caso es que, cada vez hablamos menos con el  don divino de la palabra, para relegarnos al simple telegrama que nada aporta. 

La idea me vino por un puro hecho casual: en la línea imaginaria que forma Barcelona, Málaga y Ceuta, se produjeron sendas averías en los fregaderos de la cocina. Tres casas, tres problemas, tres atascos... lo cual me dio que pensar en la incomunicación, en el atasco que se produce en las relaciones humanas, y que constituye, precisamente, una barrera que crece cada día más.

Hablar, llamar por teléfono, escribir una carta,  actos, otrora cotidianos y naturales, que ahora son escasos y fastidiosos. Si no, eliminados de nuestras rutinas. Porque ya ni se habla ni se escribe, digamos de forma natural. Lo que Barbarita observa a diario es precisamente, una apatía en la forma de relacionarse: todo se despacha con un  adiós, buenos días, o lo que toque ( perdón, toke) . Frases cortas y a veces cortantes. Porque tenemos prisa, porque hay que correr para hacer otra cosa. Porque estamos atascados cual fregadero lleno de líquido estancado.

Así, incomunicación y prisa van unidas de la mano. De este modo, sustituimos la fluidez del lenguaje por unos mensajes distorsionados por símbolos a veces incoherentes. Las palabras acortadas, los dibujitos sustitutos de emociones...mil cosas que ayudan a crear un mundo, o a destruir el mismo, con la consiguiente pérdida de relaciones reales, de facultades lingüísticas y, en casos extremos, pérdida de empatía. 

Todo parece apocalíptico, pero la pérdida de relaciones en pro de unas cuantas palabras o letras fugaces, flaco favor hacen a todos. Porque esta actuación se extiende, como una mancha de aceite, por todo el tejido social: padres e hijos, parejas, personas mayores, profesores y alumnos, amigos...e incluso enemigos. 

Con todo este mapa mudo, que no quiero presentar tan ' mudo', poco podemos hacer. Cada vez recibiremos menos cartas, y no digo nada de postales. El pobre teléfono fijo, que daría lugar a largas conversaciones, es ya un objeto de adorno. Y, aunque bailemos al son del progreso y la modernidad, siempre se echarán de menos. Porque nos ayudaban a extendernos en nuestras relaciones. " Espero que al recibo de esta"... o "suyo afectísimo" ya de poco sirven, porque tenemos prisa y, quizás, miedo a mirarnos de frente. A los ojos. O, quizás, a nuestro interior. Como los fregaderos atascados.

Pero no quiero terminar esta reflexión con ningún regusto amargo. Aunque hablar de la no comunicación social me lleve a ello, siempre habrá gente para hablar de frente, para  escribir una carta de amor o de abandono, o para abrazar, reír y llorar con todas las letras. 

Y, ahora, una pequeña confesión: a servidora, comunicativa y parlante, no le gusta hablar por teléfono. Nadie es perfecto. 

Felicidades a quien cumple años. Mejorado 120.